¿Y si en lugar de subir la edad de pensión la bajamos?

Hay debates que parecen condenados a repetirse. Uno de ellos es el de las pensiones. Cada cierto tiempo volvemos a preguntarnos cómo hacer sostenible el sistema y la respuesta suele apuntar en una misma dirección: aumentar la edad de jubilación, exigir más semanas o prolongar la vida laboral.

Pero ¿y si nos atreviéramos a pensar exactamente al contrario? ¿Y si en lugar de obligar a las personas a trabajar más años empezáramos a discutir la posibilidad de pensionarse a los 50 años, tanto hombres como mujeres?

Hoy la edad general de pensión es de 57 años para las mujeres y 62 para los hombres. Mi propuesta no pretende desconocer las dificultades financieras que enfrenta el sistema ni ignorar que una reforma de esta naturaleza tendría que estar respaldada por estudios actuariales, mayor formalización laboral y mecanismos sólidos de financiación. Lo que propongo es abrir una conversación diferente: la pensión no debería ser entendida solamente como el final de la vida laboral, sino como el comienzo de una nueva etapa de la vida.

También deberíamos preguntarnos qué significa mantener durante más años a las mismas personas dentro de estructuras laborales que necesitan renovarse. No se trata de afirmar que cada trabajador mayor le quita automáticamente un puesto a un joven, porque el mercado laboral es mucho más complejo. Pero sí existe un desafío de relevo generacional que Colombia debería asumir de manera deliberada.

Una jubilación más temprana podría convertirse en una oportunidad para facilitar ese relevo, siempre que no signifique sacar a las personas de la vida productiva. La experiencia de quienes se pensionan puede seguir siendo enormemente valiosa. Un profesional podría convertirse en mentor, consultor, docente, emprendedor o asesor por proyectos. Un periodista experimentado podría formar nuevas generaciones. Un ingeniero, un médico, un administrador o un funcionario público podrían transmitir conocimientos que no aparecen en ningún libro.

No se trata de reemplazar experiencia por juventud, sino de conectar la experiencia con la juventud. Pero para que esto funcione necesitamos cambiar también nuestra concepción de la jubilación. Uno de los problemas más silenciosos es que muchas personas llegan a ella después de décadas organizadas alrededor del trabajo y, cuando desaparecen los horarios, las responsabilidades y las metas, sienten que también desaparece parte de su propósito.

Por eso, si hablamos de pensionarse a los 50, debemos hablar simultáneamente de una política integral para la vida después del trabajo.

Las cajas de compensación familiar, el sistema de salud, las entidades territoriales y las universidades podrían desarrollar programas específicos para pensionados: actividad física, formación digital, cultura, viajes, educación financiera, emprendimiento y acompañamiento psicológico. También deberían existir mecanismos de prevención y atención en salud mental, con visitas domiciliarias periódicas de psicólogos, terapeutas ocupacionales, trabajadores sociales y, cuando sea necesario, psiquiatras.

No podemos esperar a que una persona entre en una crisis para preguntarnos cómo está viviendo su jubilación. También deberíamos aprovechar la revolución digital. Una persona de 50 años puede tener todavía décadas de experiencia y, al mismo tiempo, enormes posibilidades para aprender. ¿Por qué no crear programas para que los pensionados desarrollen negocios en línea, comercialicen productos, ofrezcan servicios, enseñen sus conocimientos o participen en plataformas de economía colaborativa?

Esto tendría, además, un efecto económico. Una población pensionada con ingresos y tiempo disponible puede viajar más, consumir servicios, estudiar, hacer turismo, comprar vivienda, remodelar su hogar o trasladarse de las grandes capitales a municipios intermedios. Podría dinamizar sectores como el turismo, la gastronomía, la educación, la cultura, la tecnología y la construcción.

Incluso podríamos pensar en incentivos para que personas pensionadas compren vivienda en municipios diferentes a Bogotá, Medellín, Cali o Barranquilla. Eso ayudaría a desconcentrar población, fortalecer economías regionales y generar nuevas dinámicas en territorios que hoy buscan atraer habitantes e inversión.

La pregunta fundamental sería entonces: ¿cómo financiamos una pensión a los 50 años? No existe una respuesta sencilla. Una propuesta responsable tendría que ser gradual y estar acompañada de mecanismos de ahorro, mayores niveles de empleo formal, lucha contra la evasión y elusión de aportes y reglas que garanticen la sostenibilidad del sistema. No tendría sentido prometer una jubilación temprana sin explicar cómo se pagará.

(Foto: Baraa Obied on Pexels.com)

Pero tampoco deberíamos aceptar como única salida que las personas trabajen cada vez más años. Colombia está envejeciendo y ese fenómeno exige nuevas respuestas. El reto no puede ser simplemente prolongar la permanencia en el mercado laboral. Tenemos que pensar cómo queremos que vivan las personas durante las décadas que seguirán después de su retiro.

Una persona de 50 años hoy no necesariamente es una persona vieja. Puede tener experiencia, energía, proyectos y deseos de comenzar de nuevo. Quizás lo que necesita no es permanecer obligatoriamente en el mismo empleo hasta los 57 o 62 años, sino tener la posibilidad de decidir qué quiere hacer con la siguiente etapa de su vida.

Por eso planteo una discusión que puede parecer radical, pero que merece ser considerada: 50 años como edad de referencia para hombres y mujeres, acompañada de un nuevo modelo de transición laboral y social. Un modelo donde pensionarse no signifique encerrarse en casa. Donde las cajas de compensación sean verdaderos centros de bienestar. Donde el sistema de salud incorpore programas preventivos de salud física y mental. Donde existan incentivos para estudiar, emprender, viajar y vivir en otros territorios. Donde las empresas puedan aprovechar la experiencia de quienes se retiran mediante programas de mentoría. Y donde los jóvenes encuentren más posibilidades de incorporarse a una estructura laboral que necesita renovarse.

(Foto: Kampus Production on Pexels.com)

No se trata de enfrentar generaciones. Se trata de construir un pacto entre ellas. Porque una sociedad que obliga a sus ciudadanos a trabajar hasta que ya no tengan fuerzas puede ser financieramente eficiente, pero difícilmente será una sociedad humana.

Tal vez ha llegado el momento de cambiar la pregunta. En lugar de preguntarnos “¿cómo hacemos para que la gente trabaje más?”, deberíamos preguntarnos: ¿Cómo construimos un país donde las personas puedan retirarse antes sin retirarse de la vida?

Ahí está, quizás, el verdadero desafío del futuro: no vivir más años trabajando, sino conseguir que esos años adicionales de vida tengan propósito, autonomía, dignidad y oportunidades.

Ese sería, en realidad, el verdadero relevo generacional.

*Por: Ana Yenny Rodríguez Cabarcas (@Anayennyr en X)

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