Hubo un tiempo en que formar una familia era una prioridad. Estudiar, trabajar, casarse y tener hijos parecía el camino natural de la vida. Hoy, una generación reivindica su libertad, se resiste a las obligaciones permanentes y prefiere viajar, conocer el mundo, explorar nuevas relaciones y vivir sin ataduras. Tener hijos dejó de ser un mandato social para convertirse en una elección que muchos prefieren descartar. ¿Estamos ante una conquista de la libertad o frente a una transformación más profunda de nuestra sociedad?
Las razones son diversas. Vivimos en un planeta donde la violencia alcanza a los más indefensos: niños víctimas de abuso sexual, menores abandonados, infancias sometidas al hambre, la explotación y la guerra. Traer un hijo al mundo implica asumir la responsabilidad de protegerlo en una realidad que muchas veces parece diseñada para destruir la tranquilidad. Ojalá renunciar a la maternidad o la paternidad fuera siempre un acto altruista, una forma de evitarle sufrimientos a otro ser humano. Pero también hay un cambio cultural: para muchos jóvenes, la realización personal ya no depende de construir una familia, sino de disfrutar el presente sin compromisos que condicionen su futuro.
No se trata de juzgarlos. Nadie debería tener hijos por presión familiar, por cumplir expectativas sociales o por miedo a la soledad. Sin embargo, pasamos de una sociedad que imponía la obligación de formar una familia a otra donde la crianza puede percibirse como un obstáculo para la felicidad. La independencia económica, el desarrollo profesional, los viajes y las experiencias personales compiten con un proyecto que exige tiempo, dinero y sacrificios. El problema no es que los jóvenes quieran ser libres, sino preguntarnos qué está haciendo que cada vez más personas duden de la posibilidad de construir un futuro compartido.
En Colombia, esta transformación merece atención. La caída de los nacimientos y el envejecimiento poblacional plantean desafíos que van más allá de las decisiones individuales. Si la tendencia continúa durante la próxima década, tendremos una población proporcionalmente más envejecida y menos jóvenes incorporándose al mercado laboral. En un país marcado por la informalidad, la desigualdad y las dificultades para acceder a una vivienda, un empleo estable o servicios de cuidado, el desafío puede ser particularmente complejo.
¿Qué podría pasar en diez años? No desaparecerán los jóvenes, pero sus proporciones frente a la población mayor podrían cambiar significativamente. Habrá más demanda de atención médica, cuidados y pensiones, mientras las nuevas generaciones deberán sostener una parte creciente de esas necesidades. ¿Quién cuidará a los adultos mayores? ¿De dónde saldrán los trabajadores y los recursos para financiar los servicios públicos? La tecnología, la migración y una mayor productividad pueden ayudar, pero no resolverán automáticamente las consecuencias de una transición demográfica acelerada.
El asunto tampoco es exclusivamente económico. Una sociedad necesita vínculos, solidaridad y redes de cuidado. Cuando las familias son más pequeñas y hay menos hijos, esas responsabilidades pueden concentrarse en pocas personas o trasladarse al Estado. No tener hijos es una decisión legítima; convertir esa elección en un problema individual sería injusto. Pero ignorar sus efectos colectivos también sería irresponsable. La pregunta es cómo construir comunidades capaces de acompañar a quienes envejecen, independientemente de que tengan descendencia.
Quizás la paradoja sea que las generaciones anteriores soñaban con dejarles a sus hijos un mundo mejor, mientras muchos jóvenes de hoy se preguntan si vale la pena traer hijos al mundo que reciben. No podemos exigirles que asuman una responsabilidad que no desean, pero sí debemos preguntarnos qué sociedad estamos construyendo para que la maternidad y la paternidad hayan dejado de ser una expectativa atractiva para tantos.
La cuestión no es obligar a los jóvenes a tener hijos. Es entender que sus decisiones también reflejan las condiciones de nuestro tiempo. La libertad de no ser padres merece respeto, pero una sociedad que envejece debe prepararse para sostener a quienes la integran. El verdadero desafío no es convencer a los jóvenes de que tengan hijos, sino construir un mundo en el que volver a imaginar el futuro sea una razón para traerlos.

Por: Ana Yenny Rodríguez Cabarcas. Comunicadora social y analista (@Anayennyr en X)
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